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Desde la costa oriental de Nueva España se realizan las expediciones del
Pacífico en un esfuerzo por encontrar el nuevo camino de Asia, compitiendo con
los portugueses. Es la segunda parte del viaje, de nuevo el mar.
Encontrar las tierras de la especiería fue el sueño de Colón y el
principal motivo de los sucesivos viajes que tuvieron lugar en el siglo XVI por
aguas del Pacífico.
Una exploración emblemática fue la de Magallanes,
descubridor de las Filipinas, y Elcano, continuador del viaje y
primer español en dar la vuelta al mundo. Ellos fueron el arranque de las
sucesivas expediciones que tuvieron lugar a lo largo del siglo.
García de
Loaísa, en 1525, siguió los pasos de Magallanes por orden del emperador, en
su empeño por llegar a las Molucas. Alvaro de Saavedra en 1527 fue con
intención de descubrir otras islas y tierras productoras de especias y
Villalobos, en 1542, partió del puerto de Navidad, para asegurar el
control de aquellas islas del Pacífico que estuviesen bajo jurisdicción
española.
Fue Legazpi en 1564 el que salió con la misión de colonizar
las Filipinas y encontrar un camino de regreso para comunicar ambos continentes.
Muchos quintales métricos de especias cambiarían por completo los modos de
funcionamiento de los mercados europeos.
Andrés de Urdaneta descubrió
el "tornaviaje" en 1565, una nueva ruta por el Norte que escapaba de los
temibles alisios. Este descubrimiento permitió la existencia de una comunicación
regular entre Filipinas y Nueva España.
En el virreinato, un largo camino
terrestre -"el Camino de los Virreyes"- comunicaba la ciudad atlántica de
Veracruz con la capital, y ésta con el puerto de Acapulco, en el Pacífico, a
través del llamado "Camino de Asia".
No siempre estoy de acuerdo con las decisiones colectivas de la Real
Academia Española. Mi agradecimiento por pertenecer a esa institución no
incluye la lealtad ciega. Contra ciertos aspectos de la última
Ortografía, por ejemplo, milito en abierta disidencia, como Javier
Marías. Sin embargo, otras cosas me calientan el orgullo. En lo que va
de año llevo dos alegrías. Una, el informe con que Ignacio Bosque
demolió algunas disparatadas guías de lenguaje no sexista, poniendo en
su sitio a ciertos analfabetos, oportunistas y cantamañanas. La otra
alegría es la aparición, en la Biblioteca Clásica de la RAE, que dirige
el profesor Rico, de uno de los libros más importantes escritos en
lengua española; y quizá, junto a la Crónica de Muntaner -los almogávares en Bizancio- el más apasionante de todos: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo.
Si
les gusta la Historia, si aman los buenos relatos de guerra y
aventuras, si quieren asistir a una de las más grandes y terribles
hazañas de la Historia, si desean conocer de primera mano el sangriento
prodigio que fue la conquista de México por una pequeña tropa de
españoles ambiciosos, valientes, crueles y duros como la ingrata tierra
que los parió, vayan a una librería y cojan uno de esos volúmenes azules
con el emblema de la RAE -éste, el más grueso de todos, cuesta lo que
tres entradas de cine-.
Luego ábranlo al azar y lean algo. Con suerte
darán en el capítulo 86, donde los conquistadores empiezan a abrirse
camino desde Cholula; o en el 129, donde comienza el asedio de
Tenochtitlán. O en el capítulo anterior, el 128, donde se cuenta cómo en
plena noche, bajo la lluvia, los españoles intentan romper el cerco y
escapar de la ciudad, peleando con los valerosos aztecas que les caen
encima por millares y arrastran a los prisioneros a los templos para
sacrificarlos, y cómo el plan original se va al diablo en el caos del
combate -«si había algún concierto, maldito aquel»-; y mientras
todos pelean en la estrecha calzada, matando y muriendo, Cortés, que va
a caballo con el tesoro y las mujeres, escapa y sigue adelante; pero
requerido por sus hombres vuelve atrás a socorrer a los rezagados, y ya
sólo encuentra a Alvarado, que corre en la oscuridad seguido por cuatro
españoles y ocho fieles tlaxcaltecas empapados de lluvia y de sangre; y
viendo que tras ellos no vienen más, que de la retaguardia sólo quedan
ésos, «se le saltaron las lágrimas de los ojos».
Bernal Díaz
del Castillo no era un historiador ni un literato. Era un soldado
profesional que había leído libros y tenía el talento, el don magnífico,
de juntar palabras con una naturalidad, una limpieza y una honradez
envidiables. Escribió sus recuerdos de la conquista de México -«lo que
yo vi y me hallé en ello peleando»- muchos años después, viejo y
cansado, tras ver cómo los advenedizos, funcionarios y parásitos
llegados de España se enriquecían en la tierra que él conquistó y en la
que quedó mal pagado y casi pobre. Escribió con asombrosa fidelidad y
atención al detalle, sin trompetazos ni alardes, con una sencillez
pasmosa; humilde siempre, excepto para revindicar el orgullo legítimo de
haber estado allí. De sus sufrimientos y peligros.
Harto de versiones
de segunda mano y manipulaciones de los hechos que él vivió en carne
herida -ciento cuarenta combates durante su larga vida de soldado-, el
anciano veterano de Cortés, superviviente de una de las más asombrosas
gestas que vieron los siglos, quiso poner las cosas en su sitio. Hacer
honor a la memoria de sus compañeros muertos y a la suya propia, porque «soy
viejo de más de ochenta y cuatro años y he perdido la vista y el oír, y
por mi ventura no tengo otra riqueza que dejar a mis hijos y
descendientes, salvo esta mi verdadera y notable relación».
El libro
de Bernal Díaz del Castillo es tan fascinante y extraordinario que
resulta imprescindible en la memoria y la certeza histórica de cualquier
español de honrada casta. Pero no sólo eso. La Historia verdadera cuenta
también de modo asombroso el final de un mundo y el terrible crujido
que hizo nacer otro nuevo. El retrato minucioso de aquellos hombres
increíbles que se abrieron paso por una tierra desconocida y hostil,
haciéndola propia a arcabuzazos y cuchilladas, no es sólo una historia
española, sino también, y sobre todo, una historia mexicana. Cuando el
autor cuenta que tras la toma de Tenochtitlán se hizo el recuento de las
mujeres indias que iban con los conquistadores, añade que «algunas de ellas estaban ya preñadas»:
para mal y para bien, los primeros nuevos mexicanos estaban a punto de
nacer.
Por eso Bernal Díaz del Castillo y sus camaradas son hoy más de
allí que de aquí. Por la sangre vertida. Por la sangre mezclada.
12 de Octubre 1492. Descubrimiento de América. El mestizaje en el descubrimiento de América. La realidad siempre supera a la ficción y por eso el mestizaje, es una muestra más de la falsedad de las acusaciones realizadas sobre el genocidio cometido en América por parte de los españoles.
El mestizaje ocurrido en Hispanoamérica es inconcebible en otras colonizaciones como la inglesa o francesa pero tampoco se produce en las conquistas realizadas por los indios.
¿Cómo, cuándo y por qué se produce el mestizaje? Todas estas preguntas tienen su respuesta en el vídeo.
Una actitud de menoscabo hacia lo hispánico que sería como ir contra “uno
mismo”, sino que nuestra meditación surge como una necesidad de afirmación de la
“americanidad en la hispanidad”.
Ramiro de Maeztu, en Defensa de la Hispanidad.
"La hispanidad no es cuestión de razas pues está compuesta de hombres de raza
blanca, negra, india y malaya, y sería un absurdo buscar sus características por
los métodos de la etnografía... sino que se apoya en dos pilares: la religión
católica y el régimen de la monarquía española”.
Estructurada en cuatro grandes apartados y una decena de módulos, No fueron solos recorre
el proceso de conquista y colonización en toda su magnitud: la
intervención crucial de la reina Isabel la Católica para derribar el
escepticismo de la Corte al viaje colombino; la difícil travesía a
Indias y la colisión de dos mundos; el mestizaje y el papel desempeñado
por la mujer en la creación del tejido social y económico del Nuevo
Mundo; y el legado que ha llegado hasta nuestros días.
"Superados los 500 años del descubrimiento de América, el relato
transmitido de la conquista y colonización ha cometido un clamoroso
olvido con la mujer, ausente en los textos académicos y en el imaginario
colectivo. Con estos precedentes, la acotación no fueron solos, más que
pertinente, es obligada para subrayar una injusticia, un maltrato
historiográfico a la figura de la mujer, que no por repetido en muchos
ámbitos debe dejar de sorprendernos", asegura el director del Órgano de
Historia y Cultura Naval, el contralmirante Gonzalo Rodríguez
González-Aller, para el que esta exposición "pretende rescatar la
semblanza de una treintena de mujeres capitales en este proceso de
consolidación cultural y, más allá de los nombres propios, recuperar la
intrahistoria de la colonización, una labor lenta y callada que adquiere
un enorme relieve por configurar una nueva sociedad desde la nada".
La exposición 'No fueron solos. Mujeres en la conquista y colonización de América' trata sobre la presencia y participación activa de la mujer en la conformación del Nuevo Mundo. El Museo Naval acoge la muestra, que se puede visitar hasta el 30 de septiembre de 2012.
Tal y como se explica en la web del museo, "la mujer ocupó puestos destacados en la conquista de América, fue pionera en el ámbito socio-económico y determinante en el asentamiento y el proceso de consolidación cultural de la naciente sociedad hispanoamericana. Treinta mujeres acompañaron a Colón en su tercer viaje, más de 300 llegaron a Santo Domingo en el primer cuarto del siglo XVI y la población femenina constituyó casi una tercera parte de los pasajeros embarcados con destino a América entre 1560 y 1579. Entre esas mujeres existen historias personales de gran interés, como la de Mencía Calderón, mujer de Juan de Sanabria, que a la muerte de su marido se hizo cargo de la expedición al Río de la Plata, o la de Isabel Barreto, almirante de la Armada de Felipe II".
Isabel Barreto. La única almiranta de Felipe II y su nombre no dice nada. Aventurera a la altura de Magallanes y Orellana. Soñadora capaz de ajusticiar a un marinero desobediente y avisar a navegantes: “Señor, matadlo o hacedlo matar… y si no, lo haré yo con este machete”. Una de tantas mujeres que protagonizaron gestas épicas en el Nuevo Mundo y olvidos legendarios en el Viejo. América no solo fue cosa de hombres. Pisando los talones de Colón se movilizaron un tropel de pioneras como Isabel Barreto, recordadas en una exposición en el Museo Naval de Madrid cuyo título lo dice todo: No fueron solos.
En 1595, tras enviudar, Isabel Barreto asumió el mando de la expedición que había partido de Perú en busca de las islas Salomón, donde ella y su marido, Álvaro de Mendaña y Neira, ubicaban Ophir, un reino de oro y piedras preciosas, otro Eldorado de los tantos de la época. Ni le intimidó la idea de cruzar el Pacífico ni le atemorizó hacerse cargo de una tripulación de héroes y villanos a partes iguales, que conspiraban para amotinarse cada dos por tres, que a la mínima amenazaban con beber en la calavera del prójimo, que malvivían a fuerza de agua con cucarachas podridas y tortitas amasadas con el mar.
Barreto se puso a la altura de aquellos marinos que navegaban con la muerte enrolada entre ellos. “Apenas había día que no echasen a la mar uno o dos [cadáveres], y día hubo de tres y cuatro”, escribió Pedro Fernández de Quirós, piloto y cronista de la travesía. A él debemos esta descripción de su jefa: “De carácter varonil, autoritaria, indómita, impondrá su voluntad despótica a todos los que están bajo su mando, sobre todo en el peligroso viaje hacia Manila”. En su búsqueda de las Salomón se toparon con las desconocidas islas Marquesas, donde fondearon. No cabe duda de que Isabel Barreto desconocía el desaliento. Con 7.000 millas náuticas a sus espaldas, el descontento de la tripulación soplándole en el cogote y un marido recién fallecido, ordenó zarpar hacia Filipinas. Pocos discutirían sus cargos (almiranta, gobernadora de Santa Cruz y adelantada de las islas de Poniente) cuando avistaron Manila. Allí se casaría con Fernando de Castro, al que contagió su arrebato y embarcó en otra enfebrecida travesía hacia las Salomón. LEER+ http://cultura.elpais.com/cultura/2012/05/18/actualidad/1337346325_472392.html